Cómo una
exigencia de un profesor puede convertirse en una falta ética-profesional a
observar
Cuántas veces no hemos escuchado –de algún estudiante
o apoderado- reclamos o anécdotas que nos dejan pensando sobre la educación que
recibimos y los márgenes éticos y profesionales que lo demarcan. Dentro de
estos márgenes también está el sentido común, que muchas veces no es oído ni
tomado en cuenta a la hora de hacer una petición a los padres, apoderados y
alumnos.
Para ello quiero comentar una experiencia que tuve en
mi época de liceo, que para mi gusto, deja bastante que desear y me llevo a
importantes reflexiones sobre la postura que uno como estudiante puede tener en
estas circunstancias y cómo puede hacerla valer de manera respetuosa y
adecuada.
Recuerdo que estaba en segundo o tercero medio, cuando un día la profesora de religión (la llamaremos A. para resguardar su identidad) me llama adelante para comentarme algo importante. Me hace unas preguntas y me dice que le llama la atención que en clases no comparta tanto, que me notaba muy solitaria y tenía la sospecha de que pudiera haber algo detrás de esa conducta, por lo que solicitaría a mis papás que me viera una psicopedagoga y enviara a la escuela un informe psicológico para descartar que tuviera autismo. Sin darse cuenta, toda la primera fila y un poco más atrás escucharon completamente la conversación, por lo que comenzaron de inmediato a sacar conjeturas, hacer comentarios entre los grupos que habían y se generó polémica al respecto.
Recuerdo que estaba en segundo o tercero medio, cuando un día la profesora de religión (la llamaremos A. para resguardar su identidad) me llama adelante para comentarme algo importante. Me hace unas preguntas y me dice que le llama la atención que en clases no comparta tanto, que me notaba muy solitaria y tenía la sospecha de que pudiera haber algo detrás de esa conducta, por lo que solicitaría a mis papás que me viera una psicopedagoga y enviara a la escuela un informe psicológico para descartar que tuviera autismo. Sin darse cuenta, toda la primera fila y un poco más atrás escucharon completamente la conversación, por lo que comenzaron de inmediato a sacar conjeturas, hacer comentarios entre los grupos que habían y se generó polémica al respecto.
Lo peor estaba por venir: cuando le comenté a mis papás la “anécdota”, su primera reacción fue de molestia, sorpresa e intriga, dado que me conocen lo suficiente como para saber que era una adolescente sana, que era imposible que fuera autista, por lo que mi papá se negó rotundamente a someterme a una evaluación innecesaria, lo halló ridículo y ofensivo de alguna manera, ante lo que reaccionó muy mal. Mi mamá estaba tranquila, pese a que le molestó mucho esta petición, pero para no tener problemas con el instituto, estaba dispuesta a que me evaluaran, ya que si no tenía autismo no tenía de qué preocuparme. Como no quiso mi papá, mi mamá prefirió esperar un tiempo y ver cómo se iba resolviendo esto, y estaba totalmente dispuesta a hablar con la profesora en cuestión para ver por qué surgió esta interrogante en ella.
Finalmente, al conversarlo con mis padres, les propuse
que me evaluaran, ya que era la mejor forma de cerrar esta absurda petición y
hacerle ver a la profesora lo errada que fue su apreciación, que al menos
debería haber consultado a otros profesores y compañeras sobre mi manera de ser
y comportarme para tener una mirada más abierta al respecto.
Al poco tiempo les envió una citación a mis padres
para hablar con ellos al respecto, diciéndome que si no me hacían la evaluación
que ella estaba exigiendo, tendría que acudir a la dirección del instituto para
“regularizar esta situación”. Nuevamente escuchó casi todo el curso, ya que
habló fuerte y justo se dio un silencio.
Mientras fui el hazmerreir de varias, fui tema de
conversación en distintas ocasiones y bromas de pésimo gusto, lo que mermó
bastante mi autoestima y me puso irritable, me molestaba con facilidad y me
dieron ganas de rebelarme ante la situación, ya que sentí que algo tan delicado
podría haberse llevado de otra manera, sabiendo que esas reacciones de las
adolescentes y niñas son de esperarse. Me dio impotencia no poder hacer nada,
ante lo cual mis papás cedieron para evitar represalias y medidas más injustas
desde esta profesora o de la escuela.
Me evaluó una psicopedagoga y vio que no tenía nada,
sólo algunas dificultades para resolver problemas que requerían de lógica
matemática, para lo cual tenía pocas habilidades, algo que a todos nos pasa en
ramos que no nos interesan tanto o que no somos tan doctos. Le entregué el
informe a la profesora y al verlo se quedó en silencio absoluto, no dijo una
sola palabra, y el curso quedó en silencio observando su reacción, ante lo cual
le dije: creo que debió haber llevado
esto de otra manera, fue innecesario hacerme pasar por todo esto sólo por una
simple apreciación suya, sin referencias ni otros comentarios de profesores y
compañeras que le dieran a entender mi comportamiento. Tampoco me quiso
escuchar cuando dictaminó esta exigencia, siendo que lo único que iba a responder
a ello era que así nos educaban, para ser niñas-mueble, obedientes, ordenadas,
bien portadas, con buen rendimiento, que sepan permanecer en silencio si se lo
piden, que haga lo que le dicen que haga… ¿no es así una alumna ejemplar según
la SIP, según este instituto y cuántos otros liceos y colegios? Realmente me
llama la atención que una profesora me haya hecho pasar un tan mal rato, tener
que soportar humillaciones que duelen, susurros casi en mi oído de algo sin
sentido y completamente absurdo. Espero que ese informe le dé cuenta de lo que
quería saber, y que ojalá nunca más vuelva a pasar algo como tal, a nadie,
porque si se quiere se puede ser demasiado hiriente con otros y prestarse para
situaciones desagradables como esta. Soporté esto sólo porque no quería tener
problemas con nadie, porque me vi entre la espada y la pared al ser presionada
a hacer algo que sabía que era innecesario, que bastaba con haberme escuchado a
mí y a mis padres para comprender por qué me comportaba así en clases. Demás
está decir qué pasó después, sólo continuó con la clase y las compañeras que me
molestaron y dijeron cosas hirientes sólo bajaron la cabeza sin decir una
palabra. Agradezco que no volviera a reaccionar mal o que hiciera algo peor,
pero tuve mi momento de desahogo y eso fue para mí lo más tranquilizador. Ahí
sí me sentí escuchada y tomada en cuenta, cuando era la persona en cuestión,
pero fue desagradable y doloroso pasar por todo eso, ojalá no lo haya pasado
nadie más (al menos en ese tiempo no pasó por suerte).
Aparte de impactarme su observación y ver lo sesgada que era (siendo nuestra profesora jefe, sólo nos veía en orientación, consejo de curso y religión, no todo el día), me llamó la atención completamente que sólo se basara en lo poco que compartía con nosotras, sin tener referencias o comentarios de otros profesores, dado que no me había observado en otros contextos en que compartía con mis amigas y compañeras, tanto del curso como de electivo y otros, así como con los auxiliares, con la bibliotecaria y profesores de los ramos que más llamaban mi atención.
Siempre fui muy inquieta intelectualmente, incluso hoy
sigo siendo igual, por lo que preguntaba todas mis dudas, investigaba mucho
sobre los temas que más me apasionaban, pasaba mucho tiempo en biblioteca y
conversando con gente adulta –auxiliares y profesores- (algo habitual para una
persona que en su casa está rodeada mayormente de adultos), por lo que no era
excluyente –sino todo lo contrario- el compartir mucho tiempo con mis amigas y
compañeras de curso también.
Se nos enseña que en clases hay que poner atención,
que hay que estar en silencio, ser obedientes y respetuosos, andar limpios y
ordenados, tener buen rendimiento y saber comportarse según las diversas
circunstancias, sin embargo, cuando hay que exponer situaciones como estas,
solemos quedar de imprudentes, irrespetuosos, altaneros, etc., cuando sólo
estamos dando a conocer nuestro sentir y nuestro pensar, educadamente y sin
faltar el respeto a nadie, sólo haciendo valer el derecho a ser escuchado, nada
más.
Aquí noto que el arteterapia sería una muy buena forma
de sobrellevar y mediar en estos casos, donde a través del proceso creativo, la
interacción grupal y el diálogo se puede hacer ver al curso que no podemos
tratar así a nuestras compañeras, que se hace daño cuando prejuzgamos sin
conocimientos previos, que no podemos sacar conjeturas a raíz de nuestro
pensar, sin tomar en cuenta el sentido común, el criterio y ser elocuente ante
ello.
Primero que nada hay que apoyar y comprender la
situación, y luego hablar y ver qué pasa.
Referencias consultadas
- Efland,
Arthur D. (2004), “Arte y cognición: la interacción de las artes visuales en el
currículum”. Barcelona, España. Edit. Octaedro.
-
Karkou, Vassiliki y Glasman, Judy (2004), “Arts,
education and society: the role of the arts in promoting the emotional
wellbeing and social inclusion of young people”, Revista “Support for
learning”, Vol. 19 – N°2.
- Rigo
Vanrell, Catalina (2007), “Creación artística en la adolescencia: vinculaciones
terapéuticas” (artículo).
- Rodríguez
Fernández, E. (2007), “Aplicaciones del arteterapia en aula como medio de
prevención para el desarrollo de la autoestima y el fomento de las relaciones
sociales positivas: Me siento vivo y convivo“ (artículo).
- Miret
Latas, M.Ángeles y Jové Monclús, Gloria (2011), “Arteterapia para todos: la
clave está en la diferencia” (artículo).
- Rosal,
M.L. (1996), “Abordajes de arteterapia con niños”. Abbeygate Press Ediciones
(traducido por Estela M.Garber en 2012).












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